TEMPLUM

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Mi cuerpo no es ningún templo y, por tanto, no necesita la adoración de unos falsos súbditos. Súbditos. ¿Súbditos?, ¿os atrevéis a llamaros así?

Súbditos cuando nos humilláis con vuestras miradas lascivas.

Súbditos cuando pegáis a las mujeres que decidieron acompañaros en vuestras miserables vidas.

Súbditos cuando maltratáis nuestras puras mentes con vuestros celos,

con vuestro amor traicionero.

Súbditos ¿en serio? ¿cuando solo pensáis en vosotros mismos?

Cuando queréis estar por encima de nosotras no sois más que… ¡machistas!

Nos queréis engañar,

como el pez diablo seduce a su presa para que vaya hacia esa majestuosa luz,

como ese cebo que se zambulle en el mar esperando ser devorado,

como atraen las sirenas a los marineros con su canto celestial.

Por mucha luz,

por mucho manjar al alcance,

por mucha melodía divina

no nos engañáis.

Todo esto no es más que una gran mierda cubierta de purpurina.

Decidme pues ¿quién quiere el envoltorio de una ofrenda?

Decidme pues -porque no volveré a preguntaros- si sois súbditos o nos tenéis por esclavas.

Esclavas de vuestra casa, de vuestros falos.

Nos tomáis por esclavas pero no os confundáis.

Somos MUJERES. Sí mirad MU-JE-RES.

Y sí nuestros cuerpos son templos,

templos al que adoramos nosotras mismas y no vamos a permitir tal profanación.

¡Idos! os habéis equivocado.

Aquí nadie necesita súbditos.

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