¡Qué peligroso el amor cuando no sabemos disfrutarlo con salud!

 

Cinco de la tarde en Juanalulú, dos amigas (sendas con cafés con leche entre manos) se encuentran en  una profunda conversación.

-Lo primero es mi familia, luego está él, después mis estudios y finalmente mis amigos y amigas- le dijo con una serenidad que se conrrespondía con su rostro angelical.

La amiga quedó petrificada, mas la escuchó e intentó hacerle ver sus ganas de compartir ese tiempo que ahora, por algo, se había esfumado de un plumazo. Seguían viéndose pero ya no era igual. Las responsabilidades se transformaban en excusas. Un café de media hora, cada mes o incluso ni eso…aquello no fortalecía la amistad. La chispa y la magia habían desaparecido de su rostro, al igual que el brillo de sus ojos, anterior a su inicio romántico, ese que le caracterizaba. El aislamiento había iniciado su camino.

La amiga se percataba, la protagonista lo ignoraba.

Por suerte no rompieron la relación, a pesar del descuido social que la primera potenció al tener pareja estable. ¿Estaba enferma de amor? Quizá. Lo más probable es que sí. Se confirmó. Eso empezó a no ser sano. ¿Sola? y ¿sus amigos y amigas? ¿Dónde l@s dejó?

A             i              s                    l                     a                  d                           a

s    e    p   a   r  a   d   a

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…donde se le fue minando como mujer y ser.

***

Así son las relaciones tradicionales, o relaciones tóxicas donde él se convierte en el centro más preciado; el resto no importa…Es el perfecto hombre idílico. El centro, el todo, la única preocupación. ¡Qué peligroso el amor cuando no sabemos disfrutarlo con salud! Al final acabamos enferm@s, ¿por qué? De eso se encarga nuestra sociedad con ese amor romántico que nos nubla la vista por todos lados, desde que nacemos y lo socializamos y cuando no nos enseñan a usar las gafas críticas…¡Plashhhh! nos lo encontramos de frente, nos da fuerte, nos invade y nos enferma.

***

Ella terminó su relación y por suerte seguía teniendo a su amiga. Fue uno de sus apoyos en ese duelo o transición hacia la nueva soltería. Con el paso de los años retomaron aquella conversación; de nuevo bebían algo, esta vez eran cervezas y aceitunas.

-Lo siento por lo que te dije aquella vez- afirmó aliviada al confesarse tras años de haber emitido aquellas crudas palabras.

-Escucharlo de mi amiga fue fuerte, pero ¿sabes qué? Quienes son tus amigos siempre estarán ahí- le contestó con una agradable sonrisa que confirmaba su perdón. Perdonaba ese pasado.

-Gracias por todo-.

-De nada-.

P.D. La enferma de amor se curó, y aprendió una buena lección. El no abandonar a las personas que te quieren por un amor varonil. Hay tiempo para todo, para gestionar horas, minutos y segundos donde poder compartir familia, amistades, pareja, estudios, trabajo… Y si él no quiere que compartas, es que él no es tu compañero de viaje. Piénsalo.

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