Recordar esto no es tarea fácil, ni siquiera sé hasta qué punto mis recuerdos son ciertos pues he oído tantas veces “es tu culpa” que ya no sé qué creer. Siempre se dice eso de que una relación tóxica le puede tocar a cualquiera, pero yo pensaba “soy feminista y sé todos los pasos que hay antes de un maltrato, a mí nunca me pasará”.

Pero entonces pasa.

Pasa que conoces a alguien encantador y te dice lo enamoradísimo que está de ti (haciéndote sentir culpable de que tu no lo estés tanto) y lo perfecta que eres (cuando haces lo que él quiere). Pero un día descubres que es muy impulsivo y algo agresivo, que si pierde a un juego golpea cosas y si le tocas un grano te la lía aunque haya sido sin querer. Aún así, yo seguía pensando que mientras no me afecte puedo ayudarlo a controlarse (qué engañada estaba).

Pero claro, empiezan las peleas habitualmente, o lo que viene siendo él contra mí, con gritos e insultos. Y siempre por cosas como “Si te habla un tío me da igual pero dímelo (término tío aplicable hasta a mi padre) porque si no será que quieres algo de él”. Realmente debo admitir que el desenlace de dichas peleas era tan gracioso como ridículo, pues yo siempre acababa pidiendo perdón. Mi frase más estúpida jamás dicha es “te has equivocado en hablarme así de mal, pero como igual podría haberlo evitado si te hubiese dicho que iba a cambiar mi foto de perfil en vez de hacerlo sin más, pues lo siento”.

Ahora que lo recuerdo no me reconozco. Era como si estuviese encerrada en un bonito reloj de arena en el que con cada grano me ahogaba aún más. Me pesaba el tiempo, las miradas de odio tras cada discusión y las continuas faltas de respeto. Pero claro, todos te dicen que no es para tanto, que “no exagere”. Esa maldita frase que tanto nos repiten a las mujeres.

No abrí los ojos hasta medio año de relación, cuando tras una discusión me levantó la mano. La primera y última vez.

No llegó a pegarme pues se descargó rompiendo mis cosas. Y fue ahí cuando empecé a plantearme que igual no era cosa de ambos, que yo jamás le levantaría la mano, ni me atrevería a decirle lo que él me decía, y ni siquiera a enfadarme por los motivos que él tenía. Sólo el pensar desde un punto de vista feminista me hizo comprender la situación y dejarlo.

Lo peor de todo es que la gente sigue sin ver el maltrato pues “no te ha pegado”.

Pensaba que a mí no, que yo era fuerte y feminista, pero el patriarcado tenía otro plan para mí y olvidé que, me guste o no, formo parte de esta sociedad. Cuatro panfletos informativos no sirven de nada en una conciencia machista, solo el feminismo logrará abrir los ojos ante esa falsa igualdad que se piensa alcanzada en las relaciones.

Testimonio anónimo
Ilustración: Dylan Chudzynski

Anuncios

Cómo el feminismo me salvó de ser una mujer maltratada